lunes, 3 de enero de 2011

El secreto de Carrie Bradshaw

He de confesar que me he apuntado tarde al fenómeno de Sexo en Nueva York. Primero, porque me parecía, desde la ignorancia, demasiado frío y superficial para mí. Segundo, porque me muestro reticente a devorar comedias americanas, cuyo sentido del humor no llega a cuajarme. Pero esta vez me equivoqué.

Carrie Bradshaw supuso en los 90 una auténtica revolución en el mundo de la moda: su estilo, atrevido y personal, mezclaba con gracia y, por qué no decirlo, unas veces más que otras, acertadamente, prendas que de por sí cualquier asistente de moda habría descartado. A veces era como mezclar agua y aceite: y ahí estaba Carrie, conjuntándolos con naturalidad y esbozando una tremenda sonrisa que dejaban claro que esta mujer no necesita halagos, pues ella es en sí un piropo. Y no es que se la pueda incluir en las listas de las mujeres más bellas del planeta, sin embargo su embriagadora naturalidad y simpatía innata la dotan de un atractivo que muchas bellezas de Hollywood quisieran. Parece que en la incansable búsqueda de la belleza y en el afán por aparecer en las portadas de revistas como las más envidiadas o las mejor vestidas se han olvidado por el camino lo más importante: ser ellas mismas.

Sin embargo no quiero hablaros de su vertiente más fashion, sino la que verdaderamente ha despertado mi interés y que ya se puede dislucir entre líneas en párrafos anteriores. El secreto de su éxito. El por qué lo que Carrie - o Sarah- toca se convierte en oro para mujeres de todo el mundo.

Acabo de ver por tercera vez -o cuarta, quinta...- Sex and the City "The Movie", donde Carrie da por fin el sí quiero después de un tremendo lío de romances donde siempre se mantenía erguida su piedra angular, el amor de su vida, Mr. Big. Visto a sí a simple vista, la típica película que mi chico me hubiese propuesto ver un domingo por la tarde, creyéndome ávida en comedias románticas, como el resto de chicas. Y eso, queridas amigas, no va conmigo.

Sin embargo es el trasfondo de lo que Carrie nos intenta decir desde un primer momento lo que realmente me ha enganchado y me ha hecho postrar ante sus pies (quizá he estado un poco exagerada con esta afirmación). Es en esencia lo que ha querido transmitir desde siempre.

Y es que el éxito, carisma, simpatía, atractivo de una persona, ese aura cegador, reside en mostrarse al mundo tal cual se es, sin ningún ápice de vergüenza. Mostrar las virtudes y defectos por igual, sin necesidad de esconder los segundos a la sombra de los primeros. Porque ambos son igual de importantes. Cuando se encuentra esa divina proporción es cuando nace el personaje de Carrie. O el personaje de Samantha. De Charlotte. O Miranda. O de cualquier mujer del mundo que la hace única.

Acabo de leer una dura crítica hacia las fans de Carrie que no deja de estar acertada. No hay nada más cutre que creerse Carrie en una ciudad de interior, en pretender vestir de marca cuando con suerte se es mileurista -y cuando no, se está en el paro-, en quedar todos los días en ir a comer a restaurantes caros porque lo más "in" es no querer -o saber- cocinar.
Esta visión no deja de quedarse un poco corta. No se trata de ser Carrie: sino en tomar su valentía para ser una tal cual es y mostrarlo con orgullo. Y esto ocurre también en Sexo en Nueva York con las relaciones humanas: es inútil intentar meter tanta variedad de personas en el saco de los solteros y los casados. Se pierde la unicidad de la fórmula de cada personalidad, que es redundantemente irrepetible.

Así que he de decir dos cosas a Carrie: 1, me has calado finalmente y 2, yo sí que te he pillado.
Y no quiero ser Carrie, sino ser todavía más yo.

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